Llevaba tiempo sin escribir. Primero porque no tenía tiempo, segundo porque quería hacerlo de tantas cosas que al final no lo hacía de nada y tercero porque sus pensamientos con aires intelectuales solo surgían por la noche, cuando estaba guarecido bajo las sábanas en lo que no eran otra cosa que noches tibias de una incipiente primavera. Cuando se sentaba en su legendario escritorio, heredado de su abuelo, tomaba la pluma, se llevaba recurrentemente la mano izquierda a la montura de sus gafas, unos anteojos de ponderado aumento que le servían de vehículo para sus pausadas lecturas. Después, encendía un cigarro esperando que confluyeran las circunstancias necesarias para que brotara su innata a la par que espontánea imaginación. Una noche osé perturbar su silencio y meditación. Entreabrí la puerta y le vi allí, con el pecho besando la mesa de madera de ébano, las gafas suspendidas prácticamente en el aire y sostenidas sutilmente por uno de sus dedos, dedos con los que escribía novelas de inusitada belleza y sobre todo, de incuantificable imaginación. Aprovechando su breve impás de sueño apagué la lámpara de noche, puse las gafas encima de la mesa, fui a mi cuarto y le cubrí con una mantita de lana pues pese a que estabamos en la época de las flores por las noches el bochorno se hacía traslúcido y no se dejaba ver. Cuando me propuse abandonar la estancia una desazón me cautivó pues sabía que no tendría una oportunidad tan buena como esta para usurpar benévolamente su inspiración escritora. Desde que tengo uso de razón anhelaba estar en aquella estancia, presidida por un ambiente peculiar, sombrío, con olor a incienso y sabor añejo. Pero no sería tarea fácil apartar semejante porte del sustancial papeleo que merodeaba por encima de la mesa. Recapacité rápidamente y fue entonces, cuando me percaté de que en el suelo yacía una hoja garabateada por su inherente pluma negra. Dí solamente tres pasos, me agaché, atusé los ojos y la tomé en mi mano: era una nota de papel en la que simplemente ponía, con trazo irregular: "Ríete de la vida si no quieres que la vida se ría de tí. Ahora, pequeña, tu te estás riendo de mí (leyendo esto, ultrajando mi estancia...) pero recuerda solamente que más sabe el diablo por viejo que por diablo"