Huele a dulce pero sabe amarga. Así es la venganza. Como un cucurucho de helado donde, lo mejor, está al final. Se urde en un momento de exaltación, desasosiego y desilusión pero se ejecuta en el instante menos esperado, cuando la sorpresa puede alcanzar límites insospechados. Así es ella. Persigue a los que obran mal, sus miradas son cabizbajas y mediocres y a los que escuchan para malversar luego lo que simplemente han oído. Generalmente se suele reprochar la actitud (ruin) de los que la ponen en práctica, de los que la maquinan de manera inteligente, los que hilvanan mil artimañas para que todas ellas sean un falso camino que conduzca al lugar esperado, al de la reflexión, confusión y aturdimiento de aquel que actuó incorrectamente. A veces consiguen su objetivo después de escudriñar posibilidades y evaluar consecuencias y resulta que en el momento soñado, se tragan la amalgama de chocolate amargo, intentan saborearlo con un gesto demasiado falso y cuando lo tragan, recuerdan, más amargamente que de costumbre, aquello con ejecutaron con inquina.