Por momentos pensé que estabas ahí debajo. Intenté engañarme a mí misma pensado que no te habías marchado, que permanecías en la sombra callado esperando a que te dijera que podías salir. Mi delirio creyó ver un par de zapatos que asomaban debajo de la cama y transitoriamente preferí no averiguar si estabas o no ahí pues suponía que sólo en sueños podías estarlo. Aún así, me armé de valor, bajé la mirada, levanté la colcha y arrugando las sábanas en mi mano me di cuenta de que aquello que pensé que era tu calzado no era más que un par de zapatillas que había dejado yo misma noches antes cuando el sueño y el cansancio habían convertido en tarea imposible guardarlas en su debido lugar. Descubrí que no estabas y que ni tan siquiera conocía tu destino pues no puse el menor interés en ello. Una vez que te marchas me da igual a donde lo hagas, el caso es que has abandonado temporalmente la aventura que emprendimos juntos hace algún tiempo, tiempo de risas, llantos, susurros y gritos. De todo hubo y de todo habrá porque si no fuera así, el viaje habría terminado y eso es imposible porque los dos conocemos que será eterno, independientemente de lo que nos depare el futuro o ¿quién sabe? Del futuro que cada cual quiera forjarse.