
Lo recuerdo como si fuera ayer. Aquella presentación formal en una sala de embarque con destino a Ninguna Parte. Solo llevaba un pequeño bolso que hacía las veces de equipaje de mano. Sin embargo, tu portabas un gran maletín que a mi parecer excedía las proporciones permitidas en la aerolínea en la que viajábamos. Te miré, agaché la cabeza, sonreí y cuando la levanté, ya te habías ido.
Ni tan siquiera sé si me devolviste la sonrisa que proferí para tus ojos. Presa del nerviosismo que me caracteriza, me dirigí hacia la enorme cristalera que envolvía toda la estancia en la que me encontraba. Me asomé no sin dificultades por la muchedumbre que abarrotaba la sala. Unos reían, otros lloraban y mientras tanto yo intentaba vislumbrar el avión que me llevaría a ese territorio tan desconocido a la par que anhelado. Ví cómo los aviones hacían tierra, cómo despegaban los vuelos en cuyos asientos siempre había querido estar sentada. Los destinos eran de lo más atrayentes para una todavía estudiante de periodismo que deseaba abrirse camino en el nublado mundo de las letras. Según veía en las pantallas unos salían hacia Australia haciendo escala en diferentes puntos del planeta con la finalidad de saldar los 17.689 kilómetros que separaban el aeropuerto de ambos países.
Pero tal vez estaba equivocada y no encontraba en un aeropuerto. El ambiente que se respiraba era extraño y tenso, la gente deambulaba de un lado para otro con desaire. Nadie hablaba. Era como si me encontrase en un lugar similar a un aeropuerto pero sin serlo. Fue entonces cuando me percaté de aquella frase que dice "las apariencias engañan". De repente, miré de nuevo a mi alrededor y vi a ese individuo al que tanto antes había mirado. Me observaba. No me perdía de vista. Me buscaba con la mirada. Vi que se levantó y se dirigía hacia a mí. Se acercaba. Me atraía. Fue hacia el mostrador de azafatas, guiñó el ojo a una y luego me recorrió de nuevo con la mirada. Me ruboricé. Reí. Me concentré para no levantar la vista de aquellas botas de piel beige que llevaba. Era invierno y hacia frío aunque el calor de la sala se notaba desde lo que pareció ser la zona de aduanas. Llevaba una camisa de rayas azules y un pantalón gris perla. La chaqueta de cuero, junto a mi bolso, me acompañaban y eran mis únicos compañeros de viaje.
Por megafonía anunciaron la partida del vuelo. No podía demorarme si quería llegar a mi destino. Emprendí el escaso camino que separaba la cristalera frente a la que me encontraba y el túnel tras el cual estaba el avión en el que emprendería rumbo a Ninguna Parte. Transité sus anchos pasillos en solitario. Nadie me acompañaba. Miraba hacia atrás y no percibía señal de vida. Continué y justamente en la puerta de la aeronave vi perfilado la silueta de aquel individuo que tan raro me había mirado. Avergonzada por ser la protagonista de semejante situación, de pronto me paré en seco, examiné minuciosamente todo aquello que me rodeaba y me di cuenta que nada era lo que parecía. Ni tan siquiera las personas quienes parecen o dicen ser. Todo son apariencias. Algo parece ser un individuo apuesto y resulta que no lo es, algo parece que es una presentación formal y resultan ser meras elucubraciones de una mente que no hace más que analizar su alrededor. Retiré la mirada, abrí los ojos y... te vi de nuevo ahi, mirandome con los ojos vidriosos.
Ni tan siquiera sé si me devolviste la sonrisa que proferí para tus ojos. Presa del nerviosismo que me caracteriza, me dirigí hacia la enorme cristalera que envolvía toda la estancia en la que me encontraba. Me asomé no sin dificultades por la muchedumbre que abarrotaba la sala. Unos reían, otros lloraban y mientras tanto yo intentaba vislumbrar el avión que me llevaría a ese territorio tan desconocido a la par que anhelado. Ví cómo los aviones hacían tierra, cómo despegaban los vuelos en cuyos asientos siempre había querido estar sentada. Los destinos eran de lo más atrayentes para una todavía estudiante de periodismo que deseaba abrirse camino en el nublado mundo de las letras. Según veía en las pantallas unos salían hacia Australia haciendo escala en diferentes puntos del planeta con la finalidad de saldar los 17.689 kilómetros que separaban el aeropuerto de ambos países.
Pero tal vez estaba equivocada y no encontraba en un aeropuerto. El ambiente que se respiraba era extraño y tenso, la gente deambulaba de un lado para otro con desaire. Nadie hablaba. Era como si me encontrase en un lugar similar a un aeropuerto pero sin serlo. Fue entonces cuando me percaté de aquella frase que dice "las apariencias engañan". De repente, miré de nuevo a mi alrededor y vi a ese individuo al que tanto antes había mirado. Me observaba. No me perdía de vista. Me buscaba con la mirada. Vi que se levantó y se dirigía hacia a mí. Se acercaba. Me atraía. Fue hacia el mostrador de azafatas, guiñó el ojo a una y luego me recorrió de nuevo con la mirada. Me ruboricé. Reí. Me concentré para no levantar la vista de aquellas botas de piel beige que llevaba. Era invierno y hacia frío aunque el calor de la sala se notaba desde lo que pareció ser la zona de aduanas. Llevaba una camisa de rayas azules y un pantalón gris perla. La chaqueta de cuero, junto a mi bolso, me acompañaban y eran mis únicos compañeros de viaje.
Por megafonía anunciaron la partida del vuelo. No podía demorarme si quería llegar a mi destino. Emprendí el escaso camino que separaba la cristalera frente a la que me encontraba y el túnel tras el cual estaba el avión en el que emprendería rumbo a Ninguna Parte. Transité sus anchos pasillos en solitario. Nadie me acompañaba. Miraba hacia atrás y no percibía señal de vida. Continué y justamente en la puerta de la aeronave vi perfilado la silueta de aquel individuo que tan raro me había mirado. Avergonzada por ser la protagonista de semejante situación, de pronto me paré en seco, examiné minuciosamente todo aquello que me rodeaba y me di cuenta que nada era lo que parecía. Ni tan siquiera las personas quienes parecen o dicen ser. Todo son apariencias. Algo parece ser un individuo apuesto y resulta que no lo es, algo parece que es una presentación formal y resultan ser meras elucubraciones de una mente que no hace más que analizar su alrededor. Retiré la mirada, abrí los ojos y... te vi de nuevo ahi, mirandome con los ojos vidriosos.