En un rincón del desván

No sabemos que camina junto a nosotros. La llevamos detrás, nos pasa de cerca, nos roza pero, sin saber la motivación, nos esquiva. Está ahí, a nuestro lado, pero a menudo nos olvidamos de ello. Preferimos omitir su existencia engañándonos, mirando hacia otro lugar, agachando la cabeza y pensando que jamás la piedra caerá en nuestro tejado y justamente entonces, cuando piensas que el sol no se puede poner, que siempre será de día, que la noche nunca llegará, se hace notar.

Entonces, si todavía tenemos un mínimo tiempo de margen para disfrutar de eso que se llama vida, nos inundan las preguntas: ¿por qué el ser humano es tan cruel consigo mismo? ¿Por qué esa incapacidad para pedir perdón? ¿Por qué esa   dificultad para reconocer nuestras equivocaciones? ¿Por qué esa facilidad para insultar y ofender al prójimo? ¿Por qué tanto orgullo? ¿Por qué esa agonía por un dinero que de nada sirve cuando la vida se te escapa entre las manos? ¿Por qué tanta envidia, por qué tantos celos? ¿Por qué tanta capacidad para hacer el mal y tanta incapacidad para demostrar a los que darían o hubieran dado la vida por nosotros, amor?

Entonces, ¿Por qué tanta ingratitud? ¿Por qué tantas culpabilidades y tan pocas soluciones? ¿Por qué hacemos llorar a los demás, a esos a los que se les desgarra el alma cuando nos ven sollozar? ¿Por qué tanta insatisfacción? ¿Por qué tanta corrupción, por qué tanta malicia, por qué tan poco corazón, por qué tanto maltrato? ¿Por qué tanta inhumanidad con nuestra propia especie si el reloj de la vida es indefinido y no sabemos en qué momento se parará? ¿Por qué, por qué, por qué? Si la muerte permanece ahí, nos vigila de cerca, en un rincón del desván.