Cómo olvidar lo que nunca sucedió

Su paso resonó en la oscuridad. Caminaba en solitario bajo el único resplandor de la noche. Siempre le gustaba recorrer, sin compañía alguna, la distancia suficiente para meditar sobre lo ocurrido. Había transcurrido un tiempo prudencial para comenzar a comprender todo aquello. Los años se habían sucedido con demasiada rapidez y las hojas del calendario se habían arrancado casi de manera furtiva. Sin aviso, por sorpresa. Y demasiado tarde se dio cuenta de que esos días nunca regresarían. Jamás podría recuperarlos por mucho que lo desease. Apretó el paso por la calle solitaria. Hacía frío y las chimeneas soltaban un humo que al entremezclarse con la noche estrellada creaban una nebulosa color púrpura. La lucidez no cesó ni un sólo segundo en su empeño. Continuó maquinando. Se preguntaba, cómo recuperar aquel tiempo, aquellos días que se habían escapado como los peces huyen de la red. La incapacidad de poder asirlos en sus manos, darles un nombre, decir 'mañana es 20 de enero de 2008', le desquiciaba por completo.  Casi sin darse cuenta, había atravesado el bulevar donde vivía para adentrarse en uno de los barrios más bochornosos de la ciudad.


De repente, se paró en seco y al levantar la vista al frente divisó una hoguera que daba un toque cálido a una noche de escarcha y hielo. Por mera curiosidad, se acercó, sin temor alguno. No tuvo miedo al asalto. Ni al ridículo, ni al fracaso, ni a la vida, ni al sufrimiento ni al llanto. Experimentó una sensación de libertad plena mientras conquistaba aquel lugar. Percibió con mayor nitidez el fuego y observó a su alrededor a una cuadrilla de gitanos que cantaban entorno a él. Les observó en la lejanía sin miedo a ser descubierto. Ellas estaban descalzas, giraban con gracia sobre sí y movían las faldas que gastaban. Ellos, cantaban al son de las palmas y martilleaban el suelo mientras sus anillos destelleaban gracias a la luz del fuego. Era todo un ritual, toda una forma de concebir la vida, de darse el uno al otro. Entonces todo adquirió un sentido sobrenatural. Fue con aquel fuego, que nacía entre la maleza, clavado en sus retinas cuando supo que jamás se puede olvidar lo que nunca ocurrió. Por un momento, deseó ser como ellos: sentir a su manera, luchar a su modo, por el amor y por el amigo, como si fueran parte de uno mismo. Pero era demasiado tarde para desearlo. Porque ya lo había sido. Y había luchado, y había querido y había dado todo por conseguir aquello que hubiera amado.



Los renglones torcidos de Dios

'Los renglones torcidos de Dios son, en verdad, muy torcidos. Unos hombres y unas mujeres ejemplares, tenaces y hasta heroicos, pretenden enderezarlos. A veces lo consiguen. La profunda admiración que me produjo su labor durante mi estadia voluntaria en un hospital psiquiátrico acreció la gratitud y el respeto que siempre experimenté por la clase médica. De aquí que dedique estas págincas a los médicos, a los enfermeros y enfermeras, a los vigilantes, cuidadores y demás profesionales que emplean sus vidas en el noble y esforzado servicio de los más desventurados errores de la Naturaleza'

Dedicatoria inicial del libro 'Los renglones torcidos de Dios', de Torcuato Luca de Tena.

Entre letras y cafeína

Al final te das cuenta que lo pequeño siempre es más importante. Las conversaciones a las tres de la mañana, las sonrisas espontáneas, las fotos desastrosas que te hacen reír a carcajadas, los poemas de diez palabras que te sacan una lágrima. Los libros que nadie más conoce y se vuelven  tus favoritos, una flor que te pones en el cabello, un café que te tomas solo... Eso es lo que verdaderamente vale la pena, las cosas diminutas que causan emociones gigantescas.

A veces llegan cartas...


El ascensor se había estropeado por enésima vez. Un pedazo de papel, con letra destartalada informaba ‘ por favor, no utilizar’. Atravesó a pie los tres rellanos que separaban su casa del portal donde vivía. Mientras contaba escaleras, brotaba en ella, cada vez con mayor pujanza, un presentimiento. Intuía que alguien la había escrito. Pensaba quién podía ser. Sin razón alguna, su sexto sentido le decía que cuando abriese aquel buzón, encontraría una carta. ¿De quién sería?

Otras veces había experimentado sensaciones similares. Era una intuición extraña, de corte extracorpóreo. Era un latir interno inexplicable a la par que emocionante. Desde hacía tiempo había observado que la desviación típica de sus pronósticos distaban poco de la realidad posterior. Se equivocaba pocas veces. Cada vez menos. Y eso la otorgaba de unas dotes tan premonitorias como excitantes. Pero ¿se equivocaría esta vez? Después de varios golpes intuitivos al cien por cien decidió ponerse a prueba una vez más. ¿Habría carta o no la habría? No eran muchos los escalones que separaban su casa del rellano principal del asalmonado portal donde residía.

En pocos segundos, el nerviosismo comenzó a tomar cuerpo y conforme descendía, su cabeza se convertía en una nube de confusión y exaltación. Al llegar al tercer piso, se paró. Se sentía levemente mareada y prefirió sentarse al filo de unas escaleras en las que pudo oír la discusión de su raquítica vecina del piso de abajo. Permaneció estática unos segundos. Se echó las manos a la cabeza, agachó la mirada y la oscuridad se sembró en su mente. Aquello nunca le había ocurrido. Pensó que quizás sería algún efecto adverso de algún medicamento pero lo consideró poco probable pues ninguno de ellos decían hacer disminuir los reflejos. Tan sólo habían transcurrido un par de segundos cuando todo volvió a la normalidad. Aquel malestar había desaparecido de forma tan súbita como se había hecho notar. Pasó por las puertas de los vecinos del segundo y del primero donde ‘Chipi’, el perro de un vecino de su misma edad, salió a recibirla. Muy al contrario que en otras ocasiones, ignoró al animal. Ni tan siquiera le miró. Tan sólo sintió su presencia perruna al pie de la puerta por la que salía un olor a cocido en proceso de elaboración.

Por fin llegó a la planta baja. La estancia estaba vacía. El perro había dejado de ladrar o al menos sus ladridos eran imperceptibles a su oído. Había llegado el momento de enfrentarse a la realidad: ¿Habría carta en aquel buzón? Por unos instantes sintió miedo. Nervios. Emoción. Era consciente de que si abría aquel compartimento para la correspondencia y encontraba aquello que su corazón le había dictado, ocurriría algo.

Sacó las llaves del bolsillo. Vio a la Virgen de Guadalupe que había comprado en su estancia en tierras mexicanas. La miró y de forma extraña la pidió ayuda. Lo humano pidiendo ayuda a lo divino. Pero ¿porqué pedía ayuda? Quizás porque no quería corroborar que tenía la capacidad de presentir todo aquello que pasaba no sólo a su alrededor si no a miles de kilómetros de su espacio vital.

Observó los dientes de sierra de aquella pequeña llave. Se trataba de pequeñas ondas oscilantes como una diminuta montaña rusa, como una cadena de dunas en el desierto que se mueven por acción del viento. Escuchó el silencio en su más pura esencia y por fin se atrevió a que aquella llave entrara en aquella cerradura como un hombre se introduce dentro de una mujer para amarla. Lo hizo despacio, con suavidad, y a la vez con miedo. Fue una sensación similar a la que experimentan dos jóvenes vírgenes. Buscan el romanticismo sin dejar de lado la pasión. Allí ocurría algo parecido. La emoción y la tranquilidad se entremezclaban. De repente sonó un ‘click’ y llegó aquel orgasmo extraño. Al fondo del cajón, vio un pequeño sobre. El corazón se le paró por instantes. No podía creerlo. Pestañeó para tomar conciencia de que su mente no estaba pudiendo a su persona. De que el subconsciente estaba apoderándose de ella. Pero resultó estar bien despierta. No estaba soñando. Estaba allí, en aquella sala desierta y con una carta a escasos centímetros de su rostro. El aspecto de aquel sobre resultaba cuanto menos chocante. Presentaba un color lila. Lo asió mientras estudiaba la letra que tenía frente a sus ojos. Era incapaz de leer lo que allí decía. Era como si estuviera escrito en otro idioma pero a la vez, no era ninguno de los que había tenido oportunidad de conocer. Dio la vuelta al sobre y aumentó su sorpresa cuando vio que no había remitente. Tan sólo presidían la solapa de aquel sobre una chistera y una pajarita. Pero ¿Qué significaba todo aquello?

Antes de abrir la carta, volvió a intentar dilucidar en qué lengua estaba escrita. Pero no lo consiguió. Parecía ser griego pero no llegaba a serlo, era una mezcolanza de letras griegas con otras árabes. Era un pseudolenguaje que no acertó a comprender y que aún la perturba cuando piensa en ello. Pero, ahora surgía en ella la incertidumbre, ¿cómo el cartero podría haber hecho llegar aquel manuscrito a su buzón si la letra era incomprensible? Las dudas presidían su cabeza y se unían a la incertidumbre de abrir o no aquel misterioso sobre. Sin darse apenas cuenta, vio como el sudor había humedecido la solapa del sobre y la parte anterior del mismo. Estaba nerviosa. Aquel lenguaje desconocido la había paralizado y el cumplimiento de su pálpito la había dejado abstraída mentalmente, sin capacidad de reacción.


Respiró profundo y se aventuró a desmembrar aquel sobre. En su interior había una pequeña tarjeta, extraña, como todo aquello. La sacó y volvió a observar la pajarita y la chistera. No había nada más en su parte anterior y eso le hizo pensar que todo aquello era aún más inverosímil y surrealista. Pero el misterio no se había desvelado al completo. Dio la vuelta a aquel trozo de papel cartulina. En él, pudo leer con letra de perfecto trazo y ambientación regia: ‘La chistera es para que conservar ese halo de misterio casi mágico que brilla por su elegancia y la pajarita, para que subas en ella y vueles. Porque aunque todo pueda parecer que fue un jaque a la reina. Será un jaque mate al rey’

Tras leer aquellas líneas, se guardó el pintoresco sobre en el bolsillo. Dio media vuelta y salió a pasear en solitario como solía hacer. Porque a veces no hay mejor compañía que uno mismo. Había dado media docena de pasos cuando alguien la reclamó por la espalda. Gritaron su nombre de manera entrecortada, como si fuera un disco que se había parado de manera abrupta por la aguja del tocadiscos y allí vio a un hombre con pajarita y chistera en ristre. Batió los ojos y observó que el caballero había desaparecido de repente. Desanduvo la escasa distancia que les separaba y vio una tarjeta idéntica en el suelo. En ella rezaba la inscripción: ‘A veces llegan cartas’