Se llama Soledad

Observaba, en una céntrica calle de las afueras de Madrid, un remanso de sol. Ya ha llegado el verano dijo para sí. Tras esto, agachó la cabeza y dio un sorbo al capuccino que él mismo se había preparadao. Por fin era verano. Este año había hecho acto de presencia con extraño atraso. Las lluvias habían estropeado la esencia de la primavera, las flores medio furibundas daban ahora a conocer esos pétalos que habían guardado durante tanto tiempo y el olor a lilas recién cortadas llegaban hasta aquel ático de Torrelodones. Desde allí, se podía divisar buena parte de la sierra madrileña. Era el lugar elegido para lecturas reposadas y fiestas refinadas en las que los formalismos eran prácticamente mecánicos: el conserje se encargaba de aparcar el coche, en el portal lucían gardenias y orquídeas recién cortadas, el ascensor (aunque antiguo) tenía un toque innovador con su sillón de piel negro, las escaleras de mármol, el felpudo rojo de bienvenida. Todo muy medido, muy planeado, muy coordinado. Nunca faltaba de nada.

Mientras acariciaba delicadamente las pastas de aquel libro gordo y leía las últimas líneas de página de repente su rostro experimentó un profundo cambio. Se volvió pálido, apagado, como si hubiera perdido en un segundo todo aquello que más quería. Se asomó levemente al mirador, oteó el horizonte, vio los matrimonios de nubes blancas con el cielo azul, un par de pájaros que divisaban la ciudad, el incauto humo de la gran urbe se percibía e incluso se podía llegar a oler pero lo que le llamó la atención era el campanario de una iglesia que se veía entre la maraña de antenas parabólicas de los tejados y la marabunta de susurros jamás pronunciados pero sí pensados. Se atusó instintivamente las ralas y rubias melenas que no se había cortado desde que hiciera la comunión. Cosas de mamá-pensó. Nunca me dejaba cortarme el pelo. Me decía que así estaba más guapo. Entonces se preguntó que en el mundo de las apariencias, en el del capitalismo exacerbado, en el que buscamos cualidades innatas en nuestros contrarios, en el mundo de la gente ocupada, del estrés y el "café para dos", en ese mundo, solamente es feliz aquel capaz de asomarse momentáneamente a la ventana, fumar un cigarro o tomar un café reposadamente, divisar el horizonte, olvidarse del teléfono y reflexionar efímeramente sobre el lugar que ocupa en él.

Á bientôt!


La puerta estaba cerrada a golpe de cerrojo, un cerrejo digno del mejor de presidio, de hierro ahora oxidado y que muchas veces había sido objeto de desvarios y enfados que lo hicieron precipitarse a la inutilidad más absoluta. Aún así, la puerta estaba cerrada con uno de aquellos objetos que simbolizan encierros y permiten discusiones acaloradas.

Dentro, sabía perfectamente lo que había: sillas de rejilla herniadas por el paso del tiempo, mesas envilecidas por la oscuridad de aquellos que, muy de vez en cuando, pululaban por allí. Los cuadros, con un reborde de mugre enverdecido, daban un aspecto deplorable a los hieráticos rostros que por momentos prestaron su porte a semejante fin fotográfico. Las paredes eran frías, pintadas a brochazos con un color antes blanco, ahora negriblanco, que evidenciaba que el tiempo también arrebata la juventud a aquello que nos acompaña, a esos objetos a menudo inservibles que plagan cajas viejas que aún así, guardamos con cariño debajo de la cama o en algún otro recoveco de difícil acceso.

En la estancia también había un televisor en blanco y negro. Estaba ahí, subido en una trona de madera de ébano casi imperceptible por la marabunta de polvo que durante años se convirtió en su manto. Bolígrafos sin vida, papeles macilentos y libretas jubiladas eran los pocos enseres ahora inservibles de la estancia. Pasé una vez más junto a ella, recordé las cortinas hastiadas por el humo de aquellos cigarrillos hechos con papel de fumar, la jaula sin pájaro que se trajo de su viaje a Marruecos y sobre todo, la soledad que siempre circundaba por aquel lugar. La puerta era de madera, agrietada y pintada en color marrón. El polvo se agolpaba en cada uno de sus poros y de ella era prácticamente imposible discernir un atisbo de luz blanca, traslúcida, un rayo de vida. Allí todo era oscuridad, obsolescencia y decadencia.