Á bientôt!


La puerta estaba cerrada a golpe de cerrojo, un cerrejo digno del mejor de presidio, de hierro ahora oxidado y que muchas veces había sido objeto de desvarios y enfados que lo hicieron precipitarse a la inutilidad más absoluta. Aún así, la puerta estaba cerrada con uno de aquellos objetos que simbolizan encierros y permiten discusiones acaloradas.

Dentro, sabía perfectamente lo que había: sillas de rejilla herniadas por el paso del tiempo, mesas envilecidas por la oscuridad de aquellos que, muy de vez en cuando, pululaban por allí. Los cuadros, con un reborde de mugre enverdecido, daban un aspecto deplorable a los hieráticos rostros que por momentos prestaron su porte a semejante fin fotográfico. Las paredes eran frías, pintadas a brochazos con un color antes blanco, ahora negriblanco, que evidenciaba que el tiempo también arrebata la juventud a aquello que nos acompaña, a esos objetos a menudo inservibles que plagan cajas viejas que aún así, guardamos con cariño debajo de la cama o en algún otro recoveco de difícil acceso.

En la estancia también había un televisor en blanco y negro. Estaba ahí, subido en una trona de madera de ébano casi imperceptible por la marabunta de polvo que durante años se convirtió en su manto. Bolígrafos sin vida, papeles macilentos y libretas jubiladas eran los pocos enseres ahora inservibles de la estancia. Pasé una vez más junto a ella, recordé las cortinas hastiadas por el humo de aquellos cigarrillos hechos con papel de fumar, la jaula sin pájaro que se trajo de su viaje a Marruecos y sobre todo, la soledad que siempre circundaba por aquel lugar. La puerta era de madera, agrietada y pintada en color marrón. El polvo se agolpaba en cada uno de sus poros y de ella era prácticamente imposible discernir un atisbo de luz blanca, traslúcida, un rayo de vida. Allí todo era oscuridad, obsolescencia y decadencia.

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