Cada día, cuando apago la luz de la mesita de noche me vienen a la mente historias pefectas que plasmar en el papel. Muchas veces enciendo de nuevo la lámpara y busco desaforadamente un cuaderno que agarabatear con lo que a menudo no son más que historietas inventadas de principio a fin. Pero el "modus operandi" es siempre el mismo. A veces cambia, pero solo ligeramente y es cuando en mitad de la noche un sueño me asalta o un simple ruido me levanta de esa cama en la que estoy plácidamente acurrucada como el más tierno perrito en su casa de madera: escucha un ruido, asoma la cabeza, percibe el frío o calor exterior, se incorpora y ladra a más no poder. Yo, comparaciones a un lado, hago lo propio: sueño, me despierto bruscamente, abro los ojos, me desperezo y entre tanto, pongo a funcionar esas imaginativas neuronas que se encuentran en estado de duermevela. Realmente, todo lo escrito hasta aquí es falso. A veces no saco la cabeza de la casita de madera porque prefiero seguir soñando tranquilamente todo aquello que de manera segura nunca se hará realidad.

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