Sólo viento...

Me gustaría ser como el viento: hacerme transparente y observar el mundo desde múltiples perspectivas. Estar aquí y allí, en todas partes y en ninguna. Mirarte, ver cómo duermes, despiertas y sueñas conmigo. Ver las sonrisas que se dibujan en tu cara cuando ves mi foto, mirar con cara de atolondrada tu rostro meditabundo cuando me recuerdas y las lágrimas que alguna vez derramaste por mí. Ver todo eso y mucho más: entrar por tu ventana y mecer la sábana que te tapa, meterme debajo de ella y darle vida, cerrar las ventanas de un golpe ventoso y dar un portazo cuando algo no me gusta y manifestarte así mi insatisfacción. Y eso seré: una puerta cerrada de repente y una ventana que bate el viento que estará ahí tocándote, sintiéndote y abrazándote cuando mi sonrisa no pueda acompañarte. Porque seguramente llegará un momento en el que decidirás que sólo sea eso: un murmullo que estuvo ahí y se marchó porque tú decidiste cerrar la ventana y no esperar a que fuera mi aire quien nos uniera imaginariamente.

Dime cómo hablas...

No hay nada peor que no tener nada qué decir. No por falta de materias que tratar sino por ausencia de argumentos que presentar. A veces, es suficiente una frase para desmontar tesis equívocas o que a priori aparentan serlo. De esas que todos tenemos pero tan sólo algunos se atreven a pronunciar. Mitad por miedo al ridículo, mitad por miedo al poder. De esas que antes callaba pero ahora predico sin que sin pedir hora para la confesión. Sin permiso, de forma espontánea y fresca muy a sabiendas de que quizás los resultados no sean los mejores. Pero ¿qué más da? Lo que nos diferencia del de al lado, de ese sujeto con el compartimos casa, asiento en el metro o cama es eso: la palabra, el discurso, el hablar porque hemos de recordar que toda persona es única, exactamente igual que las demás. Y, en ocasiones, esa exclusividad la da el don de la palabra.