No hay nada peor que no tener nada qué decir. No por falta de materias que tratar sino por ausencia de argumentos que presentar. A veces, es suficiente una frase para desmontar tesis equívocas o que a priori aparentan serlo. De esas que todos tenemos pero tan sólo algunos se atreven a pronunciar. Mitad por miedo al ridículo, mitad por miedo al poder. De esas que antes callaba pero ahora predico sin que sin pedir hora para la confesión. Sin permiso, de forma espontánea y fresca muy a sabiendas de que quizás los resultados no sean los mejores. Pero ¿qué más da? Lo que nos diferencia del de al lado, de ese sujeto con el compartimos casa, asiento en el metro o cama es eso: la palabra, el discurso, el hablar porque hemos de recordar que toda persona es única, exactamente igual que las demás. Y, en ocasiones, esa exclusividad la da el don de la palabra.
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