Los Reyes Magos...

Tengo que contaros un secreto: creo en los Reyes Magos. Y lo reconozco ahora, cuando el reloj encaja sus manillas en las dos y media de la madrugada, para que no me lean muchos y la vergüenza de semejante reconocimiento sea menor porque creer en algo a sabiendas de que no existe tiene delito. Delito digno de denuncia ante el juzgado de guardia más cercano. Recuerdo una vez en la que creí ver a Baltasar en el salón de mi casa. Era una estancia no muy grande pero coquetamente amueblada, con ese gusto que solamente tienen las madres que quieren dotar de personalidad a su casa. En mitad de la noche me desperté y, asomada tras la puerta de mi habitación que entonces comunicaba con el salón, vi cómo relucía cerca del árbol de navidad, una enorme sortija con una piedra color verde. Así reconocí a Baltasar. La llevaba en la mano derecha, en el dedo anular. Entonces, mi cabeza comenzó a dar vueltas y cuando desperté, tirada en el suelo, y volví a observar la sala de autos me di cuenta que ni Baltasar ni Melchor ni Gaspar, que allí no había nadie salvo unas cortinas que se movían tímidamente y un viento que no hacía sino acariciarlas con mayor cariño. Salí escopetada y me acurruqué a los pies del sofá. Allí, con las piernas a la altura de la barbilla y las manos cubriéndome la cabeza intentaba averiguar si era cierto aquello que había visto o solamente era un sueño. Y aún lo pienso: ¿Tuvo lugar aquella visión o tan sólo fue fruto de mi imaginación? Y la respuesta es compleja sobre todo si tenemos presente que muchas cosas nunca serán cómo queramos que sean sino diferentes y porque no debemos olvidar que otras tantas existen solo allí donde habitan los sueños: en nuestra imaginación. Pensar que los Reyes existen es como pensar que lo tuyo y lo mío, lo nuestro, algún día será posible. Y, mientras tanto, reconozco que creo en los Reyes Magos. En todos y especialmente en Baltasar. ¿Quién sabe? A lo mejor algún día le vuelvo a ver.

Siento...

Noelia, Gracias.

2 de agosto


Fue una historia tan real como increíble, de esas que te cuentan y, de no ser tú el protagonista, no das crédito a lo sucedido. Escenas de película, de cerrar los ojos y pellizcarse diciéndose para sí: ¿De verdad esto me está pasando a mí? Pero no había guión alguno, tan sólo lo que deberían haber sido esbozos de realidades que nunca fueron y, dadas las circunstancias, nunca serán. Nunca jamás.

Fue una noche de angustioso calor, de esas en las que te dan ganas de salir corriendo en busca de otro lugar para respirar un poco de aire fresco y, de manera más o menos espontánea, así lo decidí. Tenía un par de días libres en la oficina y puesto que el verano sería agotador, había barajado la posibilidad de emprender un viaje relámpago con destino el norte, zona que pensé no me defraudaría y, efectivamente, no lo hizo, porque nunca la llegué a pisar. Me quedé con los billetes en la mano, cara de lela y ese atolondramiento generalizado que reporta una realidad propia de la ficción. Siempre había observado, apoltronada en el sofá y con la impotencia propia de un “le quiero pero no me quiere”, cómo un supervisor de billetes con ínfulas de funcionario de carácter agrio impedía embarcar a ese chico guapo que perdía el vuelo en el que iba la chica de sus sueños, esa que, por embates del destino, nunca volvería a ver. Siempre ocurre: una dirección extraviada, un nuevo teléfono móvil y lo que empezó siendo una bonita historia de amor termina de forma abrupta frente a las pantallas de un aeropuerto.

Intentando asimilar la situación, me vi envuelta por una marabunta de personas que no hacían más que llorar de alegría por el esperado y seguramente tardío reencuentro. Sin saber qué hacer y abandonada en los brazos del destino, tomé conciencia de que al final la sorprendida sería yo y que el argumento de película (en caso de existir) se empezaba a desarrollar a la inversa. Puesto que en casa no me esperaban y no tenía excusa plausible para volver en medio de la noche con esa cara que suscita sentimientos de lástima en los demás, apagué el teléfono no sin antes enviar un mensaje que nunca fue tomado en sus correctos términos por su destinatario. No hay nada más embarazoso que recibir llamadas en los momentos menos oportunos, cuando no hay nada que decir o cuando lo que va a ser dicho puede ser fruto de arrebatos tan momentáneos como desacertados. Con un bolso provisto del kit de supervivencia básico para dos días y algo de ropa limpia pensé que una vez aguada la fiesta no había lugar para perder tiempo. El reloj de la estación marcaba más de las 00: 30 y me asaltaba la duda interior de qué hacer. Por instantes, sopesé la posibilidad de llamar a esa amiga que siempre está ahí para lo que sea. De las de verdad. De las que te llaman cuando estás mal y te arrancan la sonrisa cuando está enterrada dios sabe donde. Pero mi alma de aventurera me impidió hacerlo así que aceleré el paso y me dirigí a la taquilla de la estación.

¿El próximo autobús para dónde sale?- pregunté con voz queda.

Extrañado, el taquillero me espetó: ¿Perdone?

Subí el tono de voz y con manifiesto mal humor repetí: ¿Para dónde sale el próximo autobús por favor?

Un segundo, déjeme que lo consulte- contestó con los típicos signos que reporta el que en plena noche una joven formule semejante pregunta.

Con unos (otros) billetes en la mano que debían ser canjeados a las 02: 30 al pie de unas escaleras de autocar me dispuse a escudriñar todos aquellos lugares que componen una estación de autobuses como aquella lo era. Urinarios, por supuesto, incluidos. Cuando el reloj dio las dos de la madrugada dejé mis aires investigadores a un lado y me encaminé hacia la dársena asignada no sin antes acrecentar la opinión de loca empedernida que tengo de mí misma.

Acomodada (aunque una losa de piedra sería mucho más confortable que aquel sillón raído y con chicles pegados en el asiento delantero) emprendí la marcha hacia un lugar desconocido. Mitad real, mitad inexistente. Y allí es dónde me encuentro ahora. Sin saber dónde ir o, mejor dicho, sin saber qué hacer.