Los Reyes Magos...

Tengo que contaros un secreto: creo en los Reyes Magos. Y lo reconozco ahora, cuando el reloj encaja sus manillas en las dos y media de la madrugada, para que no me lean muchos y la vergüenza de semejante reconocimiento sea menor porque creer en algo a sabiendas de que no existe tiene delito. Delito digno de denuncia ante el juzgado de guardia más cercano. Recuerdo una vez en la que creí ver a Baltasar en el salón de mi casa. Era una estancia no muy grande pero coquetamente amueblada, con ese gusto que solamente tienen las madres que quieren dotar de personalidad a su casa. En mitad de la noche me desperté y, asomada tras la puerta de mi habitación que entonces comunicaba con el salón, vi cómo relucía cerca del árbol de navidad, una enorme sortija con una piedra color verde. Así reconocí a Baltasar. La llevaba en la mano derecha, en el dedo anular. Entonces, mi cabeza comenzó a dar vueltas y cuando desperté, tirada en el suelo, y volví a observar la sala de autos me di cuenta que ni Baltasar ni Melchor ni Gaspar, que allí no había nadie salvo unas cortinas que se movían tímidamente y un viento que no hacía sino acariciarlas con mayor cariño. Salí escopetada y me acurruqué a los pies del sofá. Allí, con las piernas a la altura de la barbilla y las manos cubriéndome la cabeza intentaba averiguar si era cierto aquello que había visto o solamente era un sueño. Y aún lo pienso: ¿Tuvo lugar aquella visión o tan sólo fue fruto de mi imaginación? Y la respuesta es compleja sobre todo si tenemos presente que muchas cosas nunca serán cómo queramos que sean sino diferentes y porque no debemos olvidar que otras tantas existen solo allí donde habitan los sueños: en nuestra imaginación. Pensar que los Reyes existen es como pensar que lo tuyo y lo mío, lo nuestro, algún día será posible. Y, mientras tanto, reconozco que creo en los Reyes Magos. En todos y especialmente en Baltasar. ¿Quién sabe? A lo mejor algún día le vuelvo a ver.

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