Te fuiste con el calor propio del mes de agosto. Y me dejaste aquí, huérfana porque para mí siempre habías sido una segunda madre. Te marchaste con un billete de ida, para no volver en el mes de vacaciones institucionales. Alzaste la mano y me dijiste, con la fuerza de las palabras que nunca se pronuncian, “Hasta siempre” y emprendiste rumbo a un lugar desconocido. Recuerdo cómo ocurrió todo y la forma en la que me llamaste para darme cuenta de ello. Fue una señal de alarma pero no la entendí así. Suele pasar, muchas veces recibimos una llamada, alguien nos saluda o nos dice hasta luego y no somos conscientes de que pueden ser las últimas palabras que nos dedique. No conocemos que se está despidiendo en un código extraño que sólo conoce quién lo pronuncia. Siempre fui tu ojito derecho. Lo sé. Deseabas que llegara lejos, muy lejos y te fuiste antes de poder comprobarlo. Me dejaste aquí, tirada en medio de una vida y siendo una niña pero eso no fue razón para que salieras de mi vida. Siempre estarás ahí, tendrás un sitio especial en mi memoria y en mi corazón. Y sé que lo sabes y que me intentas ayudar. De eso me di cuenta el otro día, cuando empecé a adoptar una actitud que pensé traería resultados más fructíferos. Fue el día 13 y me pregunto: ¿Por qué ese día y no otro? La respuesta la tengo, la sé. Ni más ni menos porque es nuestro día, ese en el que hace algún tiempo me lanzaste un adiós.
Me duele no poderte contar lo que me pasa, no tener un número de teléfono que poder marcar para explicarte el porqué de las cosas y me duele pensar que todo esto es una artimaña tuya para que llegue a aquella conclusión que en su día me inculcaste: que ningún hombre me merece. Gracias por todo menos por haber salido de mi vida. Gracias por despedirte y por darme una oportunidad. Tú sí me la diste y por eso, aunque te fueras para no volver, te perdono, me tendiste tu mano y fui yo quien no pudo extendértela. Quizás por eso me haces esto y no dejas que nadie me ofrezca tan sólo una: porque piensas que no la aproveché en su momento. Aunque sé que la razón verdadera es otra: porque soy tuya y de nadie más. Y sé que mueves los hilos a mi favor y por eso ahora permaneces en la sombra, impávida como si no fuera yo la que sufre y lo pasa mal. Porque me quieres y quieres lo mejor para mí. Sé que me ayudas, lo noto te huelo y siento aquí, a mi lado. Acabo de levantar la vista y estabas ahí, en ese sillón que tanto te gustaba por eso no pido que recibas estas palabras allá donde estés porque sé que estarás siempre junto a mí y me ayudarás a escribirlas. Siempre, siempre, siempre.
Me duele no poderte contar lo que me pasa, no tener un número de teléfono que poder marcar para explicarte el porqué de las cosas y me duele pensar que todo esto es una artimaña tuya para que llegue a aquella conclusión que en su día me inculcaste: que ningún hombre me merece. Gracias por todo menos por haber salido de mi vida. Gracias por despedirte y por darme una oportunidad. Tú sí me la diste y por eso, aunque te fueras para no volver, te perdono, me tendiste tu mano y fui yo quien no pudo extendértela. Quizás por eso me haces esto y no dejas que nadie me ofrezca tan sólo una: porque piensas que no la aproveché en su momento. Aunque sé que la razón verdadera es otra: porque soy tuya y de nadie más. Y sé que mueves los hilos a mi favor y por eso ahora permaneces en la sombra, impávida como si no fuera yo la que sufre y lo pasa mal. Porque me quieres y quieres lo mejor para mí. Sé que me ayudas, lo noto te huelo y siento aquí, a mi lado. Acabo de levantar la vista y estabas ahí, en ese sillón que tanto te gustaba por eso no pido que recibas estas palabras allá donde estés porque sé que estarás siempre junto a mí y me ayudarás a escribirlas. Siempre, siempre, siempre.
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