Sólo ella...

Tardó en empezar a escribir estas líneas el tiempo justo que necesitó para llegar a casa, despojarse de su abrigo y sentarse frente a aquella avejentada Olivetti que, con sus jubialadas teclas, tantas veces había paliado la soledad que embargaba su alma. Entró inquieta en ese piso compartido en el que convivía con dos estudiantes demasiado mediocres y desvencijados por los efectos derivados del hachís. Quizás era esa nube polvorienta y con un aroma similar al incienso la que hacía que sus palabras cobrasen un sentido más humano, más profundo, más visceral. En definitiva, más real. Sólo eran las nueve cuando llegó a casa pero debido a las fechas del calendario – mediados de febrero- se podía decir que la media noche se había apoderado de la ciudad. Cruzó con paso rápido la estancia central de la casa, un salón destartalado en el que los infrahombres con los que compartía dependencias veían uno de esos programas nauseabundos que plagan la programación diaria.

Se sentó en aquella silla de tapiz raído por el paso del tiempo y que desprendía un aroma fétido que sólo desaparecía cuando el sentido del olfato lo admitía como acompañante. Le costó trabajo hilar las primeras frases pero una vez encontrada la tecla le salieron de corrido. Escribía sobre la vida, el amor y la incomprensión pero nunca quedaba contenta con lo que relataba. Pensaba que las palabras no se ajustaban a la realidad o, peor aún, que era incapaz de encontrar los términos deseados para expresar lo que su corazón quería decir. De ahí nacía su frustración manifiesta, del querer ser escritora y no contar con la suficiente fuerza interior para conseguirlo. Era consciente de que le sobraban por el siguiente orden: ambición, talento y conocimientos pero sabía que le faltaba lo más importante para triunfar: una oportunidad. Había distribuido por diferentes editoriales varias de sus creaciones pero la respuesta siempre era negativa. Ensalzaban su imaginación pero le reprochaban, en una carta carente de personalidad, que “sus textos eran demasiado hirientes y que la demanda del lector eran escritos que no causasen el llanto”. Cada vez que recibía uno de esos escritos con membrete colorido, que llegaban a sus manos después de pasar por las de sus adorados compañeros de prisión, se endemoniaba e invocaba para que el diablo se llevara a aquellos ineptos que habían reprobado sus obras.

“Dos surcos atravesaban las mejillas de un rostro melancólico por el sufrimiento. Si existiese la posibilidad de unirlos, seguramente el resultado hubiera sido similar al de unir las dos mitades de un cristal roto por un tiro de piedra. En su frente, las arrugas hacían los estragos que provoca el llanto eterno y la pena perpetua. Sin embargo, su alma era tan fuerte como un roble centenario cuya corteza se curte por el paso de los amaneceres y anocheceres. Así era ella, mujer de sonrisa frágil y efímera pero de carácter fuerte y arrollador...”

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