Recuerdo todo lo que ocurrió aquella noche. Tal día como hoy, 25 de septiembre. La noche se echaba cuando me llamó Pablo. Hacía tiempo que no tenía noticias suyas ni de su rastra. Habíamos perdido la pista el uno del otro y por esa razón, me alegró su llamada. Hablamos cerca de una hora y casi sin darse cuenta, me convirtió la larga espera en algo más agradable. Porque a veces unas palabras, en el momento preciso, pueden hacernos la vida más llevadera. Igual que nunca olvidaré la fecha de aquella llamada, también recordaré sus últimas palabras y el tono preocupante con que las ponunció: ‘Cristina, ¿puedo hacerte una pregunta? Permanecí en silencio por espacio de unos segundos, dubitativa. Contesté un escueto ‘sí’ y él añadió simplemente, ¿Te pasa algo, verdad?
Porque la realidad siempre sucumbe a la impostura como si se tratase de un oso frente a un nido de miel. Resulta demasiado complicado vivir con una losa ahí dentro, donde se alojan los sentimientos y (dicen) los remordimientos. Eludí el tema con un ‘Ya hablaremos, Pablo’ y desde esa noche hasta la de hoy, han transcurrido justamente otras 365. No volví a saber de él pero sí pude comprobar que todo lo que hacemos, más tarde o más temprano, nos es devuelto.