
No puedo describir con palabras lo que sentí cuand, tras más de tres meses, de nuevo, volví a estar en tus alrededores. En esta ocasión todo era distinto. Te desconchabas, tus paredes parecían inertes y eran grises y tu chimenea ya no emanaba ese humo negro y profundo que tantas veces impregnó mi ropa. Había pasado entre tus paredes más de 16 años: Los veranos de toda mi infancia y los fines de semana y puentes de mi adolescencia. Me viene a la memoria aquella mañana en la que te abandoné para siempre. Fue a finales del mes de julio. Pensé que te cambiaría solo momentáneamente por una estancia transitoria en las playas de Levante. Me fui y nunca me despedí de ti. No te dije ni un solo adiós ni un triste hasta luego. Estaba tan ensimismada con mi viaje que me olvidé de hacerlo. Me subí en el coche y emprendí rumbo a mi destino. Cuando a los escasos cinco minutos pasé frente a tí, te miré mientras mantenía una conversación que adoptó un tono acalorado por mi parte. Iba ilusionada, muy ilusionada, porque después de varios años, volvería a oler el mar, a sentir el pegajoso calor murciano y a ennegrecerme no sin antes cubrirme de una buena capa de crema protectora.
Así, sin más, me fui. Al cabo de 23 días contados volví y te ví ahí, como de costumbre, al lado derecho de la Carretera de Valencia, encalada, con flores en las ventanas y las cortinas de rayas en tu puerta. Dos pinos te hacían compañía desde antiguo. En principio, todo parecía normal y en realidad lo fue hasta justo un año después cuando un conjunto de desalmados decidieron ultrajarte y desvalijarte. Te despojaron de la vida que todavía emanabas. Te hicieron daño y lo sé. Imagino que esa noche llorarías de manera figurada y que, después, lo volviste a hacer no sin motivos.
De eso hace ahora prácticamente cinco años. Ha pasado el tiempo, los días han transcurrido y pese a mi resistencia hoy volví a visitarte. Aguanté las lágrimas que a punto estuvieron de brotar de mis ojos. Había decidido no bajarme del coche para verte sino simplemente observarte desde escasos metros, verte de nuevo e intentar oler ese aroma a humo que años atrás soltabas por tu polvorienta chimenea, esa a la que tanto interés tomé porque siempre pegaba sus olores a mi ropa de manera infiel, esa frente a la que tantas veces me senté para comer palomitas junto a mi hermano, esa al lado de la que tantos ejercicios hice en el verano cuando no emanaba calor. Miré al cielo y vi que habías muerto, que no tenías vida, que esperabas que alguien te encendiera como antiguamente hacíamos, sabía que lo agradecerías como un niño agradece un regalo por Reyes. Saqué fuerzas de flaqueza y decidí bordearte, observar los campos de lirios y azucenas que te cubrían como un buen capote de paseo a un torero pero desgraciadamente no vislumbré ningún atisbo de existencia. Te rodeé pero a la mitad de camino decidí volverme y mirar hacia el horizonte, ese que tantas veces y años había observado.
En esta ocasión, era grisáceo, el ocaso se apoderaba del cielo y, la vida transurría con normalidad, las carreteras se desgastaban con las rudas ruedas de los automóviles, los pájaros revoloteaban en el opaco firmamento y tu estabas ahí, con hambre de compañía, con ganas de que se te encale de nuevo y vuelvas a sentir las risas y los llantos que te daban vida. Solo pude darme la vuelta, subir rápidamente a la parte trasera del automóvil y volver a rememorar, con las mejillas pobladas de lágrimas, todas las andanzas que viví junto a ti y tu inherente aroma (en invierno a humo y tierra mojada y en verano a hierbabuena). Recordé los ladridos de aquellos animales que te defendían frente a extraños, de las correrías que protagonicé y sobre todo, de las veces que renegué de tu existencia. Ahora me doy cuenta de que echo de menos a eso que un día (o muchos) eché de más.
Así, sin más, me fui. Al cabo de 23 días contados volví y te ví ahí, como de costumbre, al lado derecho de la Carretera de Valencia, encalada, con flores en las ventanas y las cortinas de rayas en tu puerta. Dos pinos te hacían compañía desde antiguo. En principio, todo parecía normal y en realidad lo fue hasta justo un año después cuando un conjunto de desalmados decidieron ultrajarte y desvalijarte. Te despojaron de la vida que todavía emanabas. Te hicieron daño y lo sé. Imagino que esa noche llorarías de manera figurada y que, después, lo volviste a hacer no sin motivos.
De eso hace ahora prácticamente cinco años. Ha pasado el tiempo, los días han transcurrido y pese a mi resistencia hoy volví a visitarte. Aguanté las lágrimas que a punto estuvieron de brotar de mis ojos. Había decidido no bajarme del coche para verte sino simplemente observarte desde escasos metros, verte de nuevo e intentar oler ese aroma a humo que años atrás soltabas por tu polvorienta chimenea, esa a la que tanto interés tomé porque siempre pegaba sus olores a mi ropa de manera infiel, esa frente a la que tantas veces me senté para comer palomitas junto a mi hermano, esa al lado de la que tantos ejercicios hice en el verano cuando no emanaba calor. Miré al cielo y vi que habías muerto, que no tenías vida, que esperabas que alguien te encendiera como antiguamente hacíamos, sabía que lo agradecerías como un niño agradece un regalo por Reyes. Saqué fuerzas de flaqueza y decidí bordearte, observar los campos de lirios y azucenas que te cubrían como un buen capote de paseo a un torero pero desgraciadamente no vislumbré ningún atisbo de existencia. Te rodeé pero a la mitad de camino decidí volverme y mirar hacia el horizonte, ese que tantas veces y años había observado.
En esta ocasión, era grisáceo, el ocaso se apoderaba del cielo y, la vida transurría con normalidad, las carreteras se desgastaban con las rudas ruedas de los automóviles, los pájaros revoloteaban en el opaco firmamento y tu estabas ahí, con hambre de compañía, con ganas de que se te encale de nuevo y vuelvas a sentir las risas y los llantos que te daban vida. Solo pude darme la vuelta, subir rápidamente a la parte trasera del automóvil y volver a rememorar, con las mejillas pobladas de lágrimas, todas las andanzas que viví junto a ti y tu inherente aroma (en invierno a humo y tierra mojada y en verano a hierbabuena). Recordé los ladridos de aquellos animales que te defendían frente a extraños, de las correrías que protagonicé y sobre todo, de las veces que renegué de tu existencia. Ahora me doy cuenta de que echo de menos a eso que un día (o muchos) eché de más.

