Reflexiones sobre papel...

Había llegado a la conclusión de que el mundo caminaba solo y de que los planes y programas de los hombres eran tan inútiles como sus sueños. Tres cuartos de lo mismo ocurría en el amor: ni de sus fracasos ni de sus éxitos sentimentales se sentía autor; tampoco achacaba a sus sucesivas parejas la responsabilidad de los unos ni de los otros. Las cosas habían sucedido simplemente de aquel modo, como podían haber sucedido de otro. Entonces, ¿qué?, se preguntaba. Pocos meses antes parcía que su ausencia inexplicable iba a causar la bancarrota de su empresa; ahora, sin embargo, la empresa, por causa de una coyuntura propicia, continuaba funcionando bien que mal, como movida por una inercia contra la cual ni los aciertos ni los errores podían nada. Al final, pensó, la empresa seguirá a flote y yo me habré muerto aquí, en este laberinto, cubierto de polvo, telarañas y vergüenza (...) La oscuridad era absoluta y tan opresiva a sus ojos, que se afanaban en vano en taladrarla, que a veces creía ver ante sí un resplandor vivísimo, como si a pocos pasos de donde él se encontraba en aquel momento se hubiera materializado un ser luminoso, aparecido portentosamente allí no para alumbrar su camino, sino para amedrentarlo o para hacerle partícipe de una gran revelación.
Eduardo Mendoza, La isla inaudita, edición 2008

"Parroquianos del tiempo"

No más toreo de salón. No más besos sin sentimientos. No más miradas sin perspicacia. No más discusiones sustentadas en argumentos tan fatuos como apresurados. Estamos en el siglo XXI, época de las apariencias, de los viajes a países estrambóticos y de las bodas en la Riviera Maya a orillas del mar con grandes banquetes. Atrás quedaron el Siglo de las Luces, el siglo de la Guerra de la Independencia y el siglo de Hiroshima y Nagasaki, bueno los siglos de esas y muchas más cosas que todos sabemos. Vivimos en la era de Internet, en la de los periódicos gratuitos y en la de la publicidad subliminal. En definitiva, en la sociedad de la información. Ni los más mínimos atisbos quedan de la "romanticona" carta escrita por el amante a la amada en la que le declaraba su amor y que era esperada con ansias de recibo por parte de unos y con anhelo de respuesta por parte de los otros. Ni de los largos viajes emprendidos por los maletillas de pueblo en pueblo con su firme intención de torear.



De eso ya no queda nada o prácticamente nada. Estamos en la era de internet en la que las noticias se comunican a base de "clicks" y golpe de ratón, las relaciones se originan de la manera más apersonal posible y los divorcios se resulven frugalmente en el lapso de un mes y a partir de entonces, aquellos se juraron amor eterno y fidelidad absoluta, se van cada uno por su lado, escopetados, como si no se conociesen de nada alegando "incompatibilidad de caracteres", bueno el siglo de eso y muchas más cosas. El tiempo pasa, las cosas (término de lo más abstracto) cambian: cambia el tiempo, cambia la percepción de la propia vida, cambia el toreo, cambia la sonrisa de uno y, en definitiva, cambia tu vida.

No más toreo de salón. No más besos sin sentimientos. No más miradas sin perspicacia. No más discusiones sustentadas en argumentos tan fatuos como apresurados.