Había llegado a la conclusión de que el mundo caminaba solo y de que los planes y programas de los hombres eran tan inútiles como sus sueños. Tres cuartos de lo mismo ocurría en el amor: ni de sus fracasos ni de sus éxitos sentimentales se sentía autor; tampoco achacaba a sus sucesivas parejas la responsabilidad de los unos ni de los otros. Las cosas habían sucedido simplemente de aquel modo, como podían haber sucedido de otro. Entonces, ¿qué?, se preguntaba. Pocos meses antes parcía que su ausencia inexplicable iba a causar la bancarrota de su empresa; ahora, sin embargo, la empresa, por causa de una coyuntura propicia, continuaba funcionando bien que mal, como movida por una inercia contra la cual ni los aciertos ni los errores podían nada. Al final, pensó, la empresa seguirá a flote y yo me habré muerto aquí, en este laberinto, cubierto de polvo, telarañas y vergüenza (...) La oscuridad era absoluta y tan opresiva a sus ojos, que se afanaban en vano en taladrarla, que a veces creía ver ante sí un resplandor vivísimo, como si a pocos pasos de donde él se encontraba en aquel momento se hubiera materializado un ser luminoso, aparecido portentosamente allí no para alumbrar su camino, sino para amedrentarlo o para hacerle partícipe de una gran revelación.
Eduardo Mendoza, La isla inaudita, edición 2008
2 comentarios:
...Interesante...
Un abrazo.
Carlos
No tengo el placer de haber leído esta obra, y Mendoza sólo me viene a la mente como autor de La Verdad Sobre el Caso Savolta... Por eso a lo mejor no conocía esta versión "seria" del escritor que gracias a ti, he leído hoy.
Un fuerte besote
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