No más toreo de salón. No más besos sin sentimientos. No más miradas sin perspicacia. No más discusiones sustentadas en argumentos tan fatuos como apresurados. Estamos en el siglo XXI, época de las apariencias, de los viajes a países estrambóticos y de las bodas en la Riviera Maya a orillas del mar con grandes banquetes. Atrás quedaron el Siglo de las Luces, el siglo de la Guerra de la Independencia y el siglo de Hiroshima y Nagasaki, bueno los siglos de esas y muchas más cosas que todos sabemos. Vivimos en la era de Internet, en la de los periódicos gratuitos y en la de la publicidad subliminal. En definitiva, en la sociedad de la información. Ni los más mínimos atisbos quedan de la "romanticona" carta escrita por el amante a la amada en la que le declaraba su amor y que era esperada con ansias de recibo por parte de unos y con anhelo de respuesta por parte de los otros. Ni de los largos viajes emprendidos por los maletillas de pueblo en pueblo con su firme intención de torear.
De eso ya no queda nada o prácticamente nada. Estamos en la era de internet en la que las noticias se comunican a base de "clicks" y golpe de ratón, las relaciones se originan de la manera más apersonal posible y los divorcios se resulven frugalmente en el lapso de un mes y a partir de entonces, aquellos se juraron amor eterno y fidelidad absoluta, se van cada uno por su lado, escopetados, como si no se conociesen de nada alegando "incompatibilidad de caracteres", bueno el siglo de eso y muchas más cosas. El tiempo pasa, las cosas (término de lo más abstracto) cambian: cambia el tiempo, cambia la percepción de la propia vida, cambia el toreo, cambia la sonrisa de uno y, en definitiva, cambia tu vida.
No más toreo de salón. No más besos sin sentimientos. No más miradas sin perspicacia. No más discusiones sustentadas en argumentos tan fatuos como apresurados.
No más toreo de salón. No más besos sin sentimientos. No más miradas sin perspicacia. No más discusiones sustentadas en argumentos tan fatuos como apresurados.
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