
La ventana tenía vistas al mar y si osabas traspasar el quicio acristalado, una masa de aire despejaba tu corazón. Era una oleada de aire fresco en el que la contaminación, por raro que pareciese, no tenía cabida. Se asomó en varias ocasiones, siempre coincidiendo con el atardecer, y mientras su mirada circunspecta inspeccionaba el horizonte, su mente deambulaba de un lado hacia otro intentando encontrar la solución ideal a su problema. Era una persona menuda, algó tímida pero, a menudo, mirada con recelo. Su objetivo inmediato era el de encontrar un trabajo más o menos estable que le permitiera subsistir y abrirse camino entre la marabunta de colegiados recién licenciados.
En una de tantas veces y como consecuencia de su inquietud inherente, ladeó la cabeza y perdió de vista el mar. Miró hacia el ombligo de la puerta que tenía en la urbanización de enfrente donde un luminoso rojo entrecruzaba estrambóticamente cuatro letras, dando vida a partir de las 21:30 a un club de mala muerte en el que el ajetreo, más que patente, contrastaba con la serenidad del mar. Volvió la vista atrás en el tiempo mientras observaba, absorta en sus cavilaciones, como una pareja evidenciaba su amor sin atisbo de vergüenza. Llegó a la conclusión de que su vida, aunque corta, había estado llena de un goteo de insatisfacciones y que, conforme pasaban los años éstas iban acrecentándose. Inició sus estudios con unos 20 años, tras un año sabático en el que se dedicó a flirtear como ella decía "con estos y aquellos", mientras tanto, sus padres le pagaban todos los caprichos que se le antojaban. Pero aún así no era feliz y además, ahora era todo diferente. Se había marchado a un pueblecito sureño en uno de sus viajes que ella misma denominaba "de poca monta" y allí, en poco tiempo encontró un potable puesto de trabajo en un reputado buffete de abogados, tonteaba con un tipo algo "snob" pero con el que hacía buena pareja y había conseguido alquilar un loft en un barrio reputdo. Ahora, con 25 años, estaba prácticamente sola en una ciudad desconocida pero acogedora de la que se había enamorado. Alzó la vista y descubrió que el cielo y el mar conformaban una homogénea masa azulada. Fue entonces cuando intentó discernir donde acababa uno y donde empezaba el otro, y descubrió que la frontera que separaba ambos era la misma que separaba la realidad de la ficción y que tal vez, solo había estado enamorada realmente de ese mar que admiraría de por vida.
En una de tantas veces y como consecuencia de su inquietud inherente, ladeó la cabeza y perdió de vista el mar. Miró hacia el ombligo de la puerta que tenía en la urbanización de enfrente donde un luminoso rojo entrecruzaba estrambóticamente cuatro letras, dando vida a partir de las 21:30 a un club de mala muerte en el que el ajetreo, más que patente, contrastaba con la serenidad del mar. Volvió la vista atrás en el tiempo mientras observaba, absorta en sus cavilaciones, como una pareja evidenciaba su amor sin atisbo de vergüenza. Llegó a la conclusión de que su vida, aunque corta, había estado llena de un goteo de insatisfacciones y que, conforme pasaban los años éstas iban acrecentándose. Inició sus estudios con unos 20 años, tras un año sabático en el que se dedicó a flirtear como ella decía "con estos y aquellos", mientras tanto, sus padres le pagaban todos los caprichos que se le antojaban. Pero aún así no era feliz y además, ahora era todo diferente. Se había marchado a un pueblecito sureño en uno de sus viajes que ella misma denominaba "de poca monta" y allí, en poco tiempo encontró un potable puesto de trabajo en un reputado buffete de abogados, tonteaba con un tipo algo "snob" pero con el que hacía buena pareja y había conseguido alquilar un loft en un barrio reputdo. Ahora, con 25 años, estaba prácticamente sola en una ciudad desconocida pero acogedora de la que se había enamorado. Alzó la vista y descubrió que el cielo y el mar conformaban una homogénea masa azulada. Fue entonces cuando intentó discernir donde acababa uno y donde empezaba el otro, y descubrió que la frontera que separaba ambos era la misma que separaba la realidad de la ficción y que tal vez, solo había estado enamorada realmente de ese mar que admiraría de por vida.
Muchacha en la ventana, Salvador Dalí
1 comentario:
Este cuadro de Dali siempre me fascino
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