
No sólo le costaba comprender que el símbolo genérico perro abarcara tantos individuos dispares de diversos tamaños y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente). Su propia cara en el espejo, sus propias manos, lo sorprendían cada vez. Refiere Swift que el emperador de Lilliput discernía el movimiento del minutero; Funes discernía continuamente los tranquilos avances de la corrupción, de las caries, de la fatiga. Notaba los progresos de la muerte, de la humedad. Era el solitario y lúcido espectador de un mundo multiforme, instantáneo y casi intolerablemente preciso. Babilonia, Londres y Nueva York han abrumado con feroz esplendor la imaginación de los hombres; nadie, en sus torres populosas o en sus avenidas urgentes, ha sentido el calor y la presión de una realidad tan infatigable como la que día y noche convergía sobre el infeliz Ireneo, en su pobre arrabal sudamericano. Le era muy difícil dormir. Dormir es distraerse del mundo; Funes, de espaldas en el catre, en la sombra, se figuraba cada grieta y cada moldura de las casas precisas que lo rodeaban. (Repito que el menos importante de sus recuerdos era más minucioso y más vivo que nuestra percepción de un goce físico o de un tormento físico.) Hacia el Este, en un trecho no amanzanado, había casas nuevas, desconocidas. Funes las imaginaba negras, compactas, hechas de tiniebla homogénea; en esa dirección volvía la cara para dormir. También solía imaginarse en el fondo del río, mecido y anulado por la corriente.Había aprendido sin esfuerzo el inglés, el francés, el portugués, el latín. Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos. La recelosa claridad de la madrugada entró por el patio de tierra.Entonces vi la cara de la voz que toda la noche había hablado. Ireneo tenía diecinueve años; había nacido en 1868; me pareció monumental como el bronce,más antiguo que Egipto, anterior a las profecías y a las pirámides. Pensé que cada una de mis palabras (que cada uno de mis gestos) perduraría en suimplacable memoria; me entorpeció el temor de multiplicar ademanes inútiles.Ireneo Funes murió en 1889, de una congestión pulmonar."
Ficciones, Jorge Luis Borges, 1944
4 comentarios:
Recordarlo todo debe ser horrible... Y es que piensa que gran parte de nuestra vida la dedicamos a olvidar, o al menos intentarlo, a cosas o personas que nos han hecho daño...
besitos wapa
Hola Mara!
Efectivamente además no olvidar nada supone no disfrutar de nada porque estás intentando memorizar hasta el más mínimo detalle.
Yo soy memoriosa pero no tanto... menos mal!
Salu2!
Además a veces es mejor olvidar, no?
jajajajaja Cris!!! Tu tampoco puedes olvidar a la Guadalupus jejejeje ni al Papuchi... La facultad te esta pasando factura.
Amy
Eyyyy Amy!!!
Gracias por tu comentario. Es cierto no puedo vivir sin Guadalupus... jajaja...
Pero el relato me parece realmente bueno, a ti, no?
Ya te contaré la juerga que me pegué en el concierto de Jarabe de Palo... y la fiesta de después...
hablamos wapa!
MUac.
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